El socialdemócrata
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La violencia en las aulas
No hay día que pase sin que en las noticias aparezca, de un tiempo a esta parte, alguna noticia relacionada con las agresiones que sufren los profesores, unas veces a manos de sus alumnos y otras a consecuencia de la ira desatada en sus padres. Este fenómeno parece nuevo, ya que hasta el momento no teníamos noticia por parte de los medios de comunicación y ya se sabe que lo que no aparece en tales medios o no existe o carece de toda importancia como, por ejemplo: que cada 5 minutos muere una persona de hambre en el mundo y no sólo ninguna sociedad hace nada por evitarlo sino que en todo caso se está contribuyendo a ello. Ahora estamos, entonces, con lo de la violencia contra los profesores, o lo que en los medios de comunicación se conoce como “violencia en las aulas”, que queda un poco más así como de titular de “El Caso”, que es lo que vende.
En la época anterior a la mía a los profesores se les tenía “miedo”, porque zurraban a los alumnos, que también es “violencia en las aulas”, aunque los medios de comunicación no hagan referencia a esto. En mi época, que recuerdo con cierta nostalgia y que tenía sus cosas buenas y sus cosas malas, resulta que a los profesores se les tenía “respeto”. Si cuando yo llegaba a casa explicaba a mis progenitores, principalmente a mi madre, que algún profesor me había castigado por algo que había hecho, o que me habían suspendido, cosa que generalmente ocurría porque el profesor o la profesora en cuestión me había tomado manía, me venía encima una reprimenda, un castigo y la obligación de esforzarme más. Ahora, cuando un adolescente va a su casa a quejarse a sus progenitores de la manía que le tienen tomada los profesores va el padre al colegio o instituto a darle un cabezazo al enseñante que ha osado meterse con “su niño” o “su niña”. Así, actualmente, a los profesores ni se les teme ni se les respeta sólo se les da cabezazos y palizas varias, para que aprendan.
Decía una señora, madre de adolescentes, que en realidad el problema no estaba en el comportamiento de “los chicos”, decía ella, sino en el de los padres, porque qué se puede esperar de un adolescente que aprende de sus progenitores que la manera más idónea de solucionar un problema es la violencia. Evidentemente la tarea de la educación no reside únicamente en el sistema educativo sino que, fundamentalmente, recae en el entorno social y familiar, que es donde se aprenden los valores que van a guiar la vida de las personas. Si ese aprendizaje de valores está condicionado por una idea de la existencia basada en la violencia, será éste el método empleado para resolver problemas existenciales y no otros, como el diálogo y el debate.
Difícilmente vamos a avanzar en la solución del problema de la violencia en las aulas si no tenemos en cuenta estos tres factores fundamentales: por un lado la necesidad de que los profesores se ganen el respeto, y no el miedo, de sus alumnos; por otro, que los padres asuman su responsabilidad en la educación, sobretodo en la educación en valores, en unos valores que excluyan la violencia como solución a los problemas, porque la violencia no es solución sino parte del problema; y, en tercer lugar, que la educación es un proceso y el comportamiento de los jóvenes es el resultado de ese proceso, por lo que se hace necesario actuar en las fases tempranas y más próximas al individuo para modificar el resultado, aunque debemos tener en cuenta que las actuales generaciones son ese resultado y que la única manera de cambiar la situación actual es a través de una acción global y colectiva, desde los padres hasta los profesores, pasando por la sociedad y el Estado. De lo contrario, si seguimos enrocados en tratar de solucionar los síntomas y efectos de la enfermedad, sin atacar las causas, jamás sanaremos y nos moriremos a golpes y guerras preventivas. Yo ya lo he dicho. Luego que no me vengan llorando.
